Iconos del Flamenco: Carmen Amaya

Iconos del Flamenco: Carmen Amaya

Carmen Amaya

Carmen Amaya

 

Una de las pruebas más dolorosas para los que se obcecan en discriminar el flamenco “no andaluz” es la impronta y lo esencial que resulta el legado bailaor de Carmen Amaya Amaya (Barcelona 2-XI-1918/Bagur, Gerona. 19-XI-1963). Artista irrepetible. Fuerza y poderío sobre el escenario. Transgresora hasta el límite de lo humano.

 

Carmen Amaya en la película La Bodega, 1929

Carmen Amaya de niña en la película «La Bodega», 1929.

Se veía venir. Y eso que su padre, el guitarrista El Chino la incitaba más al cante que al baile. No paraba quieta. Ella sola se crea su universo coreográfico mirando las olas desde el Somorrostro barcelonés y pateando contra la miseria más cochambrosa.

La pequeña Carmen era la sensación en el Barrio Chino de Barcelona, donde actuaba con inusitado éxito siendo un renacuajo. El tablao “Villa Rosa” de Barcelona, regentado por Miguel Borrull, será su primer gran escenario estable. Aunque ya las figuras la tienen en el pensamiento. Vallejo, el primero.

Inspira desde el primer momento a la prensa local y Raquel Meller y Carlos Montoya la fichan en sus giras. Adiós Barcelona, por un tiempo.

Gracias al entorno de Sabicas llega a Madrid con todas las de quedarse en 1935, ciudad en la que triunfa pero de la que se tendrá que ir al poco tiempo. La Guerra Civil se acercaba. En lo que unos y otros se decidían a terminar con la República, Carmen rodó dos películas con Angelillo y Pastora Imperio, actuó con Miguel de Molina y Concha Piquer y grabó algunas placas, pero ojo, como cantaora.

Carmen podía con todo. De esto último sólo quedan testimonios. La Guerra lo arrasó.

Carmen Amaya y Antonio «El Bailarín» tras su actuación titulada «La Maravilla del Maravillas» en el Teatro Maravillas, Buenos Aires, 1937.

 

Los acontecimientos en España la sorprenden en Valladolid. Ya era alguien. Tenía coche y todo. Les fue requisado y estuvieron parados hasta noviembre. En cuanto puede, el grupo marcha a Portugal. Siguen brincando de allí a Buenos Aires. Argentina les recibe para un mes y acaban quedándose una temporada entera. Construyen un teatro para la bailaora y le ponen su nombre. Carmen es un acontecimiento por donde aparece. No la olvidan y la llaman de todo el Cono Sur. Una gira de las de verdad mientras en su país se mataban sin piedad.

 

El viaje se termina en México, donde se reponen fuerzas para dar el definitivo salto al “dorado” estadounidense. En ese impasse, Carmen y su grupo alternan las giras por la geografía azteca con los números diarios en un tablao del D.F. Ya en Estados Unidos, la del Somorrostro triunfa sin discusión y todo el país espera ansioso sus cotizadísimas actuaciones. Toscanini, Chaplin, Greta Garbo, Orson Welles… todos enloquecieron al verla. Roosevelt fletó el avión presidencial para ella y la invitó a la Casa Blanca. Sinatra contó con ella en sus shows. ¿Quién da más?

 

De estos años es la mítica anécdota neoyorquina, fruto de sus costumbres hogareñas y sus decisiones implacables. Carmen Amaya asó unos espetos en su habitación del Waldorf Astoria donde se alojaba usando como leña para lumbre unas mesitas de la habitación valoradas en unos novecientos dólares la pieza. Y lo buenas que les supieron las sardinas, ¿qué?

Hay que decir que con Carmen Amaya iba, entre otros, Agustín Castellón Sabicas. Vaya dos. De esas parejas irrepetibles que el sólo el flamenco puede dar. Ahí quedó eso hasta 1944. Grabaron discos de los que hay que guardar.

El éxito les acompañó, juntos y por separado, en todas sus giras. Eran lo más de lo más.

 

Carmen Amaya visita Somosorro

Carmen Amaya visita el barrio de Somorrostro, 1952.

Carmen Amaya venía a España, pero poco. Lo justo. No podía permitirse el mundo no exprimir a una artista que parecía no tener freno. A su primer regreso, en 1947, era ya un icono mundial, una estrella rutilante. Había dado varias vueltas al mundo y rendido a los mayores y mejores teatros de Europa, América, Asia y África.

 

A principios de los sesenta grabó y con superior éxito “La Historia de los Tarantos”, de Rovira Beleta, nominada al Óscar. Por ahí aparecían Andrés Batista y una adolescente Sara Lezana. No llegó al estreno. Será su última película de un total de diecisiete.

La bailaora había contraído matrimonio diez años antes, prácticamente en la clandestinidad, con un guitarrista de su compañía. Juan Antonio Agüero. Santanderino y payo de familia bien.

Su baile, su estilo, o lo que fuera aquello. No daba tiempo a asimilar lo que se veía sobre las tablas. Compañeros, aficionados y público en general “alucinaban” con el huracán barcelonés. Puro instinto, posesión flamenca sin posibilidad de exorcismo. Carmen no cabía en un tratado de baile ni en una escuela. Imprevisible, inimitable. Veloz hasta el punto de subir la velocidad de los picados de sus guitarristas, cuestiones de fuerza mayor, todavía hoy vigentes. Y valiente, porque a ver quién había llevado antes pantalones siendo mujer artista, o había taconeado así, o se había contorsionado… Había cambiado los roles. Su apodo infantil La Capitana, nunca perdió el sentido. Seguía siendo fiel, desprendida, firme y leal a sus esencia. La fortuna que pudo amasar se quedaba en nada. Todo lo había regalado o no había echado cuentas a la hora de pagar.

El frenesí de Carmen Amaya también tenía que ver con su dolencia, una insuficiencia renal crónica que a la postre acabaría con su vida. Sus riñones no funcionaban y sólo el sudor de sus bailes la purificaban. No había diálisis ni transplantes tan a mano como ahora.

Carmen se nos fue mientras se tomaba unos días de descanso. Lo que decíamos, algo incompatible con ella misma. En Málaga había sido su última actuación y en Gandía los riñones la hicieron parar. La noticia de su muerte conmocionó al mundo entero, la danza y el flamenco no podían creerse que, de la noche a la mañana, aquel torbellino se evaporase. Antonio Gades fue cerrando las puertas de los tablaos de Barcelona el mismo día. Fan indignado. Otro genio.

© Pérez de Rozas / AFB
Entierro de Carmen Amaya en Begur el 20 de Noviembre de 1963.

Sus restos fueron enterrados en Bagur, la localidad donde falleció y donde poseía una masía que un amigo le compró con el dinero de sus recitales, sin contar con ella. No estaba nunca para los negocios.

Al entierro acudieron veinte mil gitanos de toda Cataluña y Francia. Tres años después fue trasladada al panteón de la familia de su marido, en el cementerio de Ciriego, en Santander. Si van por allí no verán su nombre ni el de su pareja. Su familia les negó la evidencia del amor incluso hasta después de muertos.

 

Con la comitiva iban unos cuantos baúles que la familia política de la difunta habían puesto a buen recaudo del expolio. Allí se encontraban fotos, vídeos, contratos, vestidos, recuerdos… de ellos sacamos estas conclusiones.

Se sucedieron los actos de homenaje póstumo, con entregas del lazo de Isabel la Católica, monumentos, calles dentro y fuera de España  y hasta coplas, como la que le escribieron Rafael de León y el maestro Solano: “Aquella Carmen”.

 

Pablo San Nicasio Ramos (Redacción Villa Rosa)

 

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